Soy una gran aficionada a la lectura. Me encanta sentarme en el sofá una tarde lluviosa, coger un buen libro de caza y escuchar cómo cae la lluvia mientras me pierdo en sus páginas. Aunque, si hace sol, también disfruto leyendo tumbada en la terraza de casa o en plena montaña, dejando volar la imaginación con cada palabra.
He leído todo tipo de géneros literarios, y entre los libros relacionados con la caza, hay uno que siempre ocupará un lugar especial: El diario de un cazador, de Miguel Delibes.
Este libro cuenta la historia de Lorenzo, un joven que no ha tenido una vida fácil, al que nadie le ha regalado nada. Es un relato lleno de amistad, compañerismo y superación, donde el protagonista afronta las adversidades con una actitud positiva, sin perder nunca la sencillez ni el sentido común. También es una historia de amor, de ese primer amor que te acompaña allá donde vayas, como confiesa Lorenzo con una frase que me encanta:
«No sé qué me da esta mujer que me tiene como tolondro.»
Lo que más me fascina de la narración de Delibes es su capacidad para teletransportarte al escenario de cada escena. Su estilo, tan personal y auténtico, hace que veas, huelas y sientas cada rincón del campo. En este libro, la caza no se presenta solo como una afición, sino como una forma de vida, marcada por el respeto hacia los animales, la naturaleza y las tradiciones rurales.
Hay pasajes que me hacen sonreír por lo reconocibles que son para cualquier cazador. Como ese nerviosismo de la noche anterior a la media veda:
«Estuve quitándole la grasa a la escopeta y me acosté temprano; pero, como me olía, no me pude dormir.»
O cuando empiezas a cazar y te das cuenta de lo difícil que es acertar el tiro:
«No es eso, mozo. No pares la escopeta cuando oprimas el gatillo. De otro modo, adelanta el tiro para que la pieza se encuentre con él.»
Delibes también transmite esa paciencia y respeto que todo buen cazador debe tener:
«El viento casi me tumbaba, pero aguardé con paciencia tras el pimpollo, pues la perdiz cantaba allí mismo. Cuando la vi apeonar, a tiro, estuve por sacudirla, pero aguardé por el placer de observarla.»
Y, por supuesto, esos dichos de siempre que escuchamos de nuestros mayores:
«Decía mi padre, y con razón, que para cazar perdices en Castilla no hacen falta más que piernas y que el conejo, en cambio, no es caza ni tiro, sino tenazón.»
Si te gustan las historias sencillas, humanas, con sabor a campo y a verdad, El diario de un cazador es una lectura imprescindible. Fue galardonada con el Premio Nacional de Narrativa en 1955, y construye un retrato conmovedor de la España rural de mitad de siglo: empobrecida, humilde, pero llena de dignidad y amor por la tierra.





